jueves, enero 04, 2007

Vivitos y coleando

Hará cosa de unas semanas un lector disconforme con uno de mis artículos me sugirió que a la que se inventara la máquina del tiempo, hecho poco probable, me subiera en ella y me perdiera en un agujero negro. Arremetía contra mi desmesurada fascinación por el pasado más inmediato, concluía su encendida arenga afirmando que hay cosas actuales que también valen la pena.

Por supuesto, no todo son cadáveres exquisitos en mi vida. Tengo, además de mi pareja y familia, muy buenos amigos, toda una suerte y un privilegio.
Muchos de ellos han tenido hijos recientemente o están a punto de ser padres.
Savia nueva, nuevos horizontes, las casas se llenan de risas infantiles, pañales, potitos y peluches.
Mi mujer adora a los críos y se lleva de maravilla con todos ellos.
A mí, por el contrario, me resulta mucho más difícil tratarlos, los niños no me disgustan, no soy el hombre del saco, en ciertos momentos hasta pueden parecerme entrañables, pero me cuesta horrores entrar en su mundo.
Puede que se deba a que cuando yo era pequeño disfrutaba más de la compañía de los adultos o de la soledad de mi cuarto.
Tuve compañeros de juegos, claro, pero tardé algunos años en cultivar verdaderas amistades.

Los mayores eran mucho más divertidos, explicaban historias fascinantes con una copa y un cigarrillo en la mano, entraban y salían cuando les salía de las narices, escogían la ropa que se podían poner, podían ver la televisión siempre que quisieran, poner la música a todo trapo e incluso picar entre horas.
Detestaba ese mundo infantil tan marcado por los horarios y por la más exasperante de las monotonías.
Timbre de entrada, recreo, comida, clases, patio, gimnasia, timbre de salida, autobús, merienda, deberes, televisión, cena, a la cama y vuelta a empezar.
Lo único que deseaba por aquel entonces era crecer lo más rápido posible para poder hacer lo que me viniera en gana.

Me entristece sobremanera el mundo que los adultos han creado para los más pequeños, ley de vida por otra parte, un mal necesario.
Yo sigo siendo aquel niño que de muy buen grado le hubiera pegado fuego a la escuela y que soñaba muchas noches con descalabrar a más de un profesor y con llevarme por delante a los abusones de la clase. El chaval que odiaba las reglas, las imposiciones, los exámenes, las regañinas, los sermones y los castigos.
¿Con que derecho puedo hacerle pasar por lo mismo a un hijo?
¿Qué cara se supone que tendré que poner cuando tenga que ejercer de progenitor autoritario amante de la ley y el orden?

Otra es el exceso de celo y atención que se les concede a las criaturas.
Ya antes de pasar por la sala de partos no sabes si la mujer va a dar a luz o va a poner en órbita un satélite. Se estudia, psicoanaliza, radiografía, liofiliza, desinfecta y desmenuza al churumbel, un simple estornudo supone una conmoción, una tosecilla, un problema de Estado.
Los orgullosos padres se mimetizan con el mocoso y se sumergen en un estado de total infantilización. Acaban vistiéndose como la criaturita y pronunciando sonidos guturales, cambian la cubertería de IKEA por coloridas cucharas de plástico y se ponen morados de sustanciosas papillas. Todo se vuelve pueril, cándido y excesivamente almibarado.

Las futuras generaciones sobreprotegidas y nuestros mayores dejados de la mano de Dios. Los ancianos no tienen cabida en esta sociedad que idolatra la juventud. A muchísima gente se le antoja de los más desagradable tratar con una persona totalmente desvalida, mermada, arrugada, calva, desdentada, sentada en una silla de ruedas y que en ocasiones no tiene control sobre sus esfínteres e incluso babea.

Un bebé es exactamente igual y en cambio nos resulta encantador, y francamente, me resulta más ameno charlar con alguien de edad avanzada que tratar de sostener una conversación con alguien que todavía no ha cumplido un año de existencia.

Olvidemos el sambenito de que pasada la edad de jubilación una persona ya no sirve para nada. Mucha gente que ha superado con creces la barrera de los setenta todavía tiene mucho que decir.
A pesar de lo avanzadísimo de su edad, los excelentes actores Eli Wallach y Ernest Borgnine siguen interpretando con asiduidad papeles secundarios. Clint Eastwood ha estrenado “Banderas de nuestros padres”, Tony Bennett ha grabado nuevo disco, Lauren Bacall sigue actuando y Paul Newman presta su impresionante voz a personajes de películas de animación.

José Luis López Vázquez no para y el pequeñajo de Mickey Rooney protagoniza junto a su mujer una obra musical.

Más de ochenta años sobre un escenario, ver para creer.

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