jueves, febrero 15, 2007

Sammy

¡Qué tío! ¡Menudo era!

Sammy Davis Jr. vino a este mundo el 8 de diciembre de 1925.
Sus jovencísimos padres, la puertorriqueña Elvira Sánchez y Sam Davis, trabajaban en una compañía de vodevil de ínfima categoría.
Con apenas cuatro años, empezó a ganarse los garbanzos dando taconazos sobre un escenario.
No tuvo oportunidad de ir a la escuela, aprendió a leer y escribir entre bambalinas y moldeó su forma de bailar y cantar observando a los integrantes de su compañía y yendo al cine.
A lo largo de su vida le acompañó una desmedida afición a los westerns y a las películas musicales, adoraba a Fred Astaire.

Transcurridos unos años conformó junto con su padre y su tío el Will Mastin Trio.
A finales de los años cuarenta era toda una estrella.
Pero Sammy fue más allá, no se conformaba con que lo respetaran únicamente como artista, quería que lo respetaran como persona.
Nunca se consideró un negro, sino un hombre más, y jamás logró entender porque alguien podía sentirse superior por una cuestión tan baladí como el color de la piel.
¿Un negro de origen latino, pequeño, escuchimizado y algo cabezón que ha triunfado artísticamente y se conduce como un blanco? ¡Inconcebible!
Sufrió un sinfín de humillaciones cuando cumplió con el servicio militar.
Pero cuantas más vejaciones sufría, más crecía su determinación.

No estaba dispuesto a representar el estereotipo del negro gracioso y tonto de baba que habían creado los blancos, el no iba a ser otro Tío Tom.
Impuso por contrato poder moverse a su antojo por los lugares donde actuaba, y no entrar y salir por la puerta de servicio como era norma entre los artistas de color.
En el hotel Last Frontier de las Vegas logró que le permitieran utilizar la piscina.
Un cliente sureño exigió que la vaciaran y la volvieran a llenar antes de tomar su baño.

Frank Sinatra, enemigo acérrimo de la discriminación racial, le ayudó mucho en ese sentido.
Sinatra y Davis compartieron cartel en repetidas ocasiones a finales de los años cuarenta.
Frank, hizo lo mismo por músicos como Billie Holliday o Count Basie, utilizó toda su influencia, que no era poca, para que Sammy y sus acompañantes fueran tratados con el mayor respeto.
Poco después conoció a Dean Martin, los tres se convirtieron en amigos inseparables.
De esta unión nacería el segundo relevo del Rat Pack, pero esa es otra historia que merece un capítulo aparte escrito en letras mayúsculas.
Sammy, fumador empedernido, no bajaba de las cuatro cajetillas diarias, se ganó el apodo de “Smokie”.

Estando en la cima de su éxito sufrió un aparatoso accidente de tráfico que le costó la pérdida de un ojo, a punto estuvo también de perder una de sus piernas.
Durante su convalecencia se convirtió al judaísmo, despertando todavía más las iras del grupo racista Consejo de los Ciudadanos Blancos y del Partido Nazi Americano.

Smokey redondeó la jugada casándose a principios de 1960 con May Britt, una atractiva actriz sueca, rubia de ojos verdes, que le pasaba dos cabezas.
Tras el asesinato de Kennedy los componentes del Rat Pack se fueron distanciando.
Davis, un poco hastiado de estrechar manos de senadores y mafiosos, y de los chistes sobre borrachos y secretarias, se sumergió de lleno en la cultura negra y se convirtió en entusiasta activista.
Marchó junto a Luther King en Birmingham, Alabama y se sumó a la histórica Marcha sobre Washington.
Fascinado por la subcultura de los sesenta, dejó de lado el smoking, lo sustituyó por trajes y levitas de vivos colores y empezó a tontear con las drogas.
Se divorció de May a finales de los 60 y contrajo matrimonio con Altovise Gore, una de las bailarinas que le acompañaban en su espectáculo.

Los setenta fueron años de excesos de todo tipo. Un febril ritmo de actuaciones, consumo inmoderado de cocaína, ácido, marihuana, whisky y vodka.
Las puertas de su casa estaban abiertas de par en par las 24 horas del día, llena hasta los topes de gorrones que vivían a su costa.
A lo largo de todas su vida fue un hombre muy desprendido. El dinero siempre estuvo para gastarlo.

Sinatra acudió de nuevo en su ayuda a finales de los setenta. Espantó a los buitres y puso algo de orden en la vida de su queridísimo amigo.
Consiguió rehabilitarse, y una vez limpio, se dedicó de nuevo a aquello que mejor sabía hacer, actuar.
En el 88, el “Viejo Ojos azules” quiso rememorar los viejos buenos tiempos y propuso a Dino y Smokie que se embarcaran en una gira conjunta.
Iban a pasarlo en grande, se emborracharían, reirían y harían el golfo como en su época de esplendor en Las Vegas.
Dean, deprimido por la reciente muerte de su hijo en accidente de aviación, achacoso e interesado únicamente en el golf y el JB, abandonó tras dos actuaciones.

Los tiempos habían cambiado.

Sammy siguió apareciendo en conciertos, películas y shows televisivos.
En 1989, en una gala celebrada en Florida para los capitostes de la General Motors, le falló la voz.
Le diagnosticaron un cáncer de garganta.
Cabía la posibilidad de extraer el tumor, pero eso suponía que no podría volver a cantar, la muerte en vida para Davis.
Prefirió someterse a penosas sesiones de radioterapia.
Falleció el 4 de febrero de 1990.

Sonará a tópico, pero ya no hay artistas como Sammy Davis Jr.
Bailarín impresionante, magistral cantante, percusionista, batería, parodiador excepcional (bordaba las imitaciones de sus actores y cantantes favoritos: Cagney, Bogart, James Stewart, Marlene Dietrich, Jerry Lewis, Jimmy Durante, Nat King Cole, Tony Bennett), todo un show man.
Un hombre generoso y valiente que se enfrentó al odio y la intolerancia sirviéndose de su inmenso talento.
¡Pura magia negra!

2 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Y era vibrafonista!

10:40 a. m.  
Anonymous Anónimo ha dicho...

buen artículo, muy interesante. Una única puntualización: en vez de batería, es baterista. Batería es el instrumento.

10:26 a. m.  

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