lunes, enero 29, 2007

Feliz cumpleaños, Herr Lubitsch

Hoy cumple años el gran Ernst Lubitsch.

Genio inconmensurable, exquisito director, brillante guionista, actor intuitivo, soberbio productor.
Sirvan como sentidísimo homenaje, muestra de admiración y respeto, estas líneas extraídas del prólogo del magnífico libro de Scott Eyman, Ernst Lubitsch: Risas en el Paraíso.
Mis más efusivas felicitaciones, maestro.


“¿Quién es Lubitsch?”

Una corta pregunta con una larga respuesta.

Dirigió a la Garbo en Ninotchka, su actuación más brillante, su película más famosa y la única comedia de éxito que interpretó.
Con algunas de sus primeras películas sonoras, asombrosamente fluidas, como El desfile del amor, Montecarlo y La viuda alegre, marcó el nacimiento del musical, y de paso de las carreras de Maurice Chevalier y Jeanette MacDonald.
Convirtió en estrellas a Pola Negri y a Emil Jannings, pero era especialmente apreciado por su habilidad para engatusar a actrices difíciles y neuróticas como Norma Shearer, Jennifer Jones y Gene Tierney y relajarlas para que pudieran ofrecer sus mejores actuaciones.
Cuando la carrera de Marlene Dietrich estaba en declive debido a las enrarecidas películas protagonizadas por ella con las que Josef von Sternberg había saturado al público, ideó una propuesta que le dio nuevas fuerzas. Elaboró obras de entretenimiento de resplandeciente y refinada sofisticación como Un ladrón en la alcoba y Una mujer para dos, además del inimitable encanto y el desbordante calor humano de películas como El bazar de las sorpresas y Ser o no ser. Hitler la tenía tomada con él; según cuentan, ordenó que en la estación de tren de Berlín se instalara una gran fotografía ampliada de su rostro con la leyenda “El judío arquetípico”.

Y, efectivamente, fue el creador del “toque Lubitsch”, un tópico tan ofensivamente superficial como el que califica a Hitchcock de “maestro del suspense”. Pero era mucho más que eso. Porque Ernst Lubitsch encarnaba un estilo y una visión que estaban muriendo —si es que realmente llegaron a existir alguna vez fuera de su imaginación— años antes de que lo hiciera él. Aunque su carrera como director pasó al menos por tres fases bien diferenciadas, con pocas excepciones las películas de Lubitsch se desarrollan no en Europa o en América sino en Lubitschlandia, un lugar en el que reinan la metáfora, la gracia bondadosa y la melancólica sabiduría.
Lo que interesaba a este artista excepcional era la comedia de costumbres y la sociedad en la que sucedía, un mundo de delicada sangre fría en el que la transgresión de las convenciones sexuales y sociales y de las reacciones más decorosas ha sido ritualizada, pero de maneras sorprendentes; en el que las cosas más despreciables se discuten en elegantes susurros; un mundo en el que reina el estoque y nunca el sable. El tiempo mismo aminora el paso; una acción metódica provoca una reacción muy lenta... o ninguna.

Como señaló el crítico Michael Wilmington, las películas de Lubitsch “eran elegantes y chuscas a la vez, sofisticadas y groseras, corteses y ensimismadas, frívolas y no obstante profundas. Fueron dirigidas por un hombre al que el sexo le divertía más que asustarlo; y que enseñó a toda una cultura a divertirse también con él.”

Durante los primeros quince años de su carrera americana, Lubitsch tendía a estructurar sus películas como conflictos entre lerdos patanes y los denominados por Alan Casty “los portadores de la gracia”, lo más humilde de la humanidad mezclado con los modales grandiosos, Molière escribiendo para Laurel y Hardy. El bien y el mal son casi imposibles de encontrar, y nunca se juzga a nadie, pues el director no valora la virtud tanto como la inteligencia. Esta lúcida objetividad también se pone de manifiesto en el trabajo de cámara y en el montaje; hasta las peores películas de Lubitsch tienen un ritmo regular, pero nunca intenta aumentar la tensión para acabar en una frenética culminación del tercer acto.
Pero más adelante las simpatías de Lubitsch se fueron ampliando, su humor se suavizó, sus personajes conjugaban la galantería con la mentecatez. Al hacerlo, Lubitsch creó algunos de los seres humanos más conmovedoramente completos jamás captados por el cine.

El suyo era un estilo tan basado en la omisión como en la comisión: lo que no se dice, lo que no se muestra. Se trata en parte de su manera de transformar y subvertir los tópicos del cine convencional sobre cómo contar la historia y presentar al personaje, con lo que los personajes de cartón piedra se vuelven súbitamente creíbles y humanos, sin renunciar por ello a un suave cinismo en su actitud hacia el mundo y las personas que lo habitan. Quizás el que mejor lo expresó fue Gerald Mast: “El talento de Lubitsch era el de transformar lo trivial en significativo.”

Para el espectador no avisado el trabajo de Lubitsch puede parecer anticuado, simplemente porque sus personajes pertenecen a un mundo de protocolo sexual formal. Pero su visión del cine, de la comedia y de la vida, más que adelantarse a su tiempo, era única y estaba totalmente desmarcada de cualquier época.

Hizo todo esto en una breve vida de sólo cincuenta y cinco años. Era como si supiera que tenía que darse prisa, porque ya a los veinte años Lubitsch se movía en las más altas esferas del teatro europeo; a los treinta dirigió a la estrella de cine más famosa del mundo. Tenía prisa incluso en el plató, en el que mantenía una tenue e ininterrumpida corriente de cordial energía, el director como caprichoso derviche.
El hombre que hizo todas estas cosas, que llegó a ser el principal exponente de una refinada sexualidad, era hijo de un sastre berlinés perteneciente a la clase media. La vida de Ernst Lubitsch es fascinante no sólo a causa del dramatismo intrínseco de sus puntos de partida y de llegada, sino también por la brecha existente entre lo que era y lo que contaba.

“Como artista”, comentó Samson Raphaelson, que escribió nueve películas con él, “era sofisticado; como hombre resultaba casi ingenuo. Como artista sagaz, como hombre simple. Como artista escueto, preciso, riguroso; como hombre siempre se le olvidaban las gafas de leer, los puros, los manuscritos, y la mitad de las veces le costaba recordar su número de teléfono.”
Tras la superficie cultivada y brillante de las películas había un ser humano cálido y cariñoso que nunca recibió demasiado amor a cambio; un hombre ambicioso que fue capaz de reinventarse por completo sin hipocresías, de salirse con la suya sin pisotear las vidas de los que le rodeaban.

En el mundo de las películas de Lubitsch, el sexo era una premisa básica, un juego cuyas reglas eran invariablemente comprendidas por las dos partes, una parte del contrato social basada en el entendimiento mutuo. Pero en su vida se casó con dos mujeres de las que no puede decirse que quisieran lo mejor para él. Su primera mujer tuvo una aventura con su mejor amigo, que desembocó en una pelea pública en una fiesta de Hollywood. Su segunda mujer, que despertaba la unánime antipatía de todos sus amigos, le consideraba vulgar como persona pero encontraba su dinero atractivamente elegante, y se divorció de él después de darle una hija.

Al poner tanta intensidad creativa en la creación de este mundo, Ernst Lubitsch consiguió que millones de personas entraran en él de su mano.

©Plot Ediciones, S.A.


2 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Lubitsch, un genio capaz de contar con elegancia los pequeños y grandes dramas humanos, nunca con ironía hiriente y hasta de reirse de los monstruos con ternura (Ser o no ser, una de mis películas favoritas). ¡Que no caiga en el olvido!. Me apetece ver hoy por la noche una película de él,¿quizás El Bazar de las sorpresas con sus entrañables personajes en una tienda de la antigua Budapest?

Un sobreviviente ávido de cine del bueno

9:51 p. m.  
Blogger Pablo ha dicho...

Respondo con una pequeño texto del propio Lubitsch, que me conmueve mucho porque creo que define muy bien al artista y al hombre. Las dijo como respuesta a ciertas malas críticas que obtuvo Ser o no ser en su estreno, por considerarse de mal gusto que hiciera bromas con según qué temas.

"En el mundo se está produciendo una revolución. ¿Dejarán de existir la risa, las réplicas jocosas, el alegre juego entre el hombre y la mujer? ¿Tengo que llorar por el mundo que se fue y ver cómo se me prohíbe recrearlo? Porque si es así, creo que no querría hacer más películas y no me importaría morir."

2:31 p. m.  

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