martes, mayo 15, 2007

¿Qué me pasa, doctor?


Una intervención quirúrgica sin importancia me ha obligado a guardar reposo unos cuantos días.

He aprovechado la convalecencia para pasar un montón de horas delante del televisor.
Desgraciadamente ya no se cabalgan praderas, se cruzan líneas enemigas o se asaltan furgones blindados.

Autopsias pantojiles aparte, he constatado con profundo desagrado que la medicina está en boga y ocupa gran parte de la programación.

Las series ambientadas en hospitales proliferan como setas.
Facultativos, sanitarios, practicantes y conductores de ambulancias han alcanzado la categoría de héroes.

La modernidad canta las excelencias de productos tan planos, tediosos y monótonos como Dr. House o Anatomía de Grey.

No es una moda reciente.
A finales de los años treinta del pasado siglo, el serial radiofónico Dr. Kildare gozaba de gran popularidad en los Estados Unidos.
También tuvieron mucho éxito las películas protagonizadas por el pacifista Lew Ayres y más tarde la serie televisiva que interpretó en la década de los sesenta Richard Chamberlain, infame actor que con el paso de los años se asemeja cada vez más a un diabólico muñeco de ventrílocuo.

Durante años St. Elsewhere (A cor obert), culebrón cuya acción transcurría en una clínica de Boston, hizo las delicias de los telespectadores catalanes.

En esta tierra siempre se ha sentido una morbosa debilidad por los males ajenos y las funciones corporales.
Las afecciones, la escatología (arraigadísima costumbre navideña la del “caganer” en el Belén) y el estado del tiempo (el parte meteorológico del canal autonómico dura horrores), ocupan gran parte de nuestras conversaciones de ascensor.

El entorno sanitario siempre ha despertado pasiones, pero creo que hoy en día hemos llegado al paroxismo.

Sagas hospitalarias al margen, una cadena privada emite un penoso reality-show en el que cuatro desgraciados, carne de psiquiátrico, se someten contentísimos a un sinfín de operaciones de cirugía estética para cambiar todo aquello que les desagrada de su fisonomía y figura.

En esta desquiciada época de exagerado culto al cuerpo, nos miramos hasta la última micra de piel, nos alarmamos ante la más leve de las molestias, rendimos culto y pleitesía a la profesión médica.

No es de extrañar que el personal idolatre a aquellos individuos que tienen el poder de sanar y de convertir a golpe de bisturí al gusano en mariposa.

Esta veneración ha provocado una gradual deshumanización por parte de la profesión médica.

El paciente es únicamente un compendio de órganos y patologías, un trozo de carne, una cabeza de ganado.
Pocas veces se tienen en cuenta lo sentimientos y la dignidad de la persona.

La ciencia médica avanza a pasos agigantados, se encuentran remedios para infinidad de dolencias y los tratamientos son cada vez menos agresivos, pero en la mayoría de los casos no se tiene en cuenta el factor humano, tan o más importante que una intervención o un medicamento a la hora de superar una enfermedad.

Hemos dejado de lado el espíritu en favor de desarrollados bíceps, labios recauchutados, abundantes cabelleras y estómagos planos.
Los medios nos bombardean constantemente con imágenes de gente joven, saludable, magra y vigorosa.
Hay que estar sanísimo, lucir palmito, músculo, bronceado y sonrisa a lo Clark Gable.

Esta alienada sed de perfección puede resultar muy peligrosa.
Todos tenemos un punto vanidoso, transfigurados en Dorian Grey, nos aterra la vejez, nos deprime la enfermedad y detestamos cualquier imperfección física.

Pero sin alma, hasta la más esplendorosa de las estatuas griegas, atestada de botox y silicona, corre el riesgo de convertirse en la más monstruosa de las criaturas.

1 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

¡Pues yo me inyecto botox cada dos días en todo el cuerpo y estoy divino! Además, se puede utilizar de aderezo para las ensaladas.

9:58 a. m.  

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