jueves, diciembre 20, 2007

La soledad del corredor de fondo



El negocio familiar está instalado en un antiguo piso de la calle Muntaner.
El dueño de todo el edificio (y de otros tantos), todo un triunfador según los baremos actuales, se limita a cobrar religiosamente el alquiler.

Mari, una vivaracha y chismosa malagueña, es la portera de la finca.
A pesar del vergonzoso sueldo que le paga nuestro pudiente casero (quien, para más inri, cada dos por tres se olvida de remunerar los productos necesarios para la limpieza de la escalera), decidió, como cada año, (echando mano de su magro salario) decorar con motivos navideños el vestíbulo.

Acarreó un arbusto desde su casa y lo engalanó con unas lucecitas del todo a cien, cubrió las paredes y las puertas del ascensor con bolas de colores y guirnaldas.

Toda ilusionada le pidió su opinión a uno de los jovencitos intrépidos sobradamente preparados del inmueble, éste, en un alarde de delicadeza, le contestó que la ornamentación le parecía una horterada.
Aparte de la puñalada trapera, ni un solo inquilino (cuanto más tienen, menos gastan; o nadan en la "ambulancia" porque son de la Virgen del Puño) ha tenido la deferencia de hacerle un obsequio.

Hoy en día el desdén es moneda corriente.
La ilusión se considera una debilidad, un sentimiento pueril propio de gente corta de entendederas.
Además de no demostrarla jamás, es deber de todo ciudadano respetable chafársela (si es haciendo gala de muy mala leche, mucho mejor) a sus convecinos.
La cortesía se entiende como hipocresía.
Cualquier comentario y apreciación hay que soltarlos a bocajarro, tal como sale de dentro, no vayan a tomarnos por blandengues e insinceros.

La honestidad se ha tornado brutalidad.
Se ha perdido todo sentido de consideración, amabilidad, ternura, solicitud y deferencia.
La entrega y la abnegación (términos caducos donde los haya) ya no se consideran virtudes.
En el plano personal está al orden del día que cada cual actúe según su conveniencia y plena satisfacción.

Muchas películas y series televisivas, y la mayoría de los anuncios publicitarios, ensalzan la figura del individuo soberbio, despectivo, misántropo, insaciable, acaparador, exclusivo y egocentrista.

Partiendo de esta base es lógico que mucha gente deteste la Navidad.

Orgullosos de su ombliguismo, desprecian el espíritu primigenio de estas Fiestas.
Recibir y hacer regalos es una pérdida de tiempo (desde un punto de vista material ya tienen cuanto necesitan, los demás que se mueran), reunirse con los amigos (si quieres un amigo, cómprate un perro) y la familia supone una verdadera tortura, compartir es una supina gilipollez.

Pertenecen a esa élite que para ahorrarse trabajo y quebraderos de cabeza festejan (es un decir) los ágapes navideños fuera de casa.
¿Se les antoja algo más mustio y gélido que celebrar la comida de Navidad en un restaurante?

Son aquellos que exigen sin tapujos el tique de compra para poder cambiar el presente que nunca es de su agrado, los que se sientan a la mesa con un mohín de asco y no disfrutan con la pitanza tradicional, la flor y nata que aprovecha estas fechas para huir del mundanal ruido viajando a lugares remotos (Bali o Vietnam deben estar preciosos en Fiestas).

Los que opinan que un pesebre (con su río de papel de plata y su musgo) es una ordinariez y se indignan con los chistes malos que balbucea el familiar que tiene por costumbre apurar de una sentada la botella de coñac del lote.

Sujetos que nunca bajan la guardia, que no se sueltan jamás, que nunca se emocionan.

Curiosamente, tras su fachada inclemente afloran muchas grietas.
Harto normal.
Un servidor (sin ánimo de resultar petulante) se tiene en mucha estima, pero si tuviera que pasar las 24 horas del día en mi única e inestimable compañía, no tardaría mucho en saltar por la ventana.

El desamparo (y más cuando es autoimpuesto) es mal consejero.
Las penas, los problemas de conciencia o las dudas morales no las mitigan un traje de Armani, el último modelo descapotable, los barbitúricos y las benzodiazepinas.
La soledad no se combate volcándose en el trabajo o desembolsando si fuera menester.

Táchenme de cándido, o de trasnochado, pero sigo creyendo a hierro en el clan familiar y el cultivo de la amistad.
Disfruto (siempre en compañía de los míos) esta maravillosa época del año con la misma intensidad que cuando era un crío; poniendo año tras año el mismo disco de villancicos, empaquetando regalos y encendiendo las velas del árbol.

Adoro las luces, la muchedumbre cargada con bolsas, el que el personal luzca sus mejores galas (aunque acaben llenas de lamparones de cava y langostino) y se perfume (siempre que se haya duchado antes), los bares abarrotados, los sorteos, los puestos y ferias navideñas.

Me encanta reunirme con aquellos parientes y camaradas a los que por desgracia ya no veo con tanta asiduidad, abrir mi casa de par en par y descorchar en su compañía una botella de vino.

En mi modesta opinión en eso consiste la esencia de estas Pascuas.

La única pega, el excesivo consumismo y el bombardo mediático al que nos vemos sometidos.

Pero que demonios, uno no ha nacido en la Albania de Enver Hoxha ni en Corea del Norte, El Libro Rojo nunca ha sido mi lectura de cabecera, y no me negarán que produce cierta satisfacción fulminar la cuenta, la tarjeta y la paga doble con el único propósito de hacer felices a los que te rodean.

Y si en su condición de mileurista le ahogan las deudas, piense que mientras usted lo pasa en grande acompañado de sus allegados, el lobo estepario y el tiburón lo único que esperan es que su piscoanalista regrese de su periplo vacacional.

Y si ni eso le consuela, le recomiendo encarecidamente recite a modo de mantra estos versos de los descacharrantes Beatles de Cádiz:

Hablemos del jamón,
de lo que vale.
De la primera vez
que lo probamos…


¡Felices Fiestas a todos!

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