jueves, noviembre 29, 2007

El estilo del mundo



Ya hace décadas que la sociedad occidental ha asumido que a los niños hay que prestarles una atención desmesurada.
Se acabaron los tiempos del callejeo, el ver a los hijos sólo a la hora de la cena (sin saber por dónde andaban; ahora si es así es porque están bien controlados en los campos de concentración) y de tratarles como adultos desde una tierna edad.

Ahora la adolescencia llega más tarde y tarda mucho más en abandonarse (e incluso las lecturas adolescentes, tipo Auster, son encumbradas en todo el mundo por aquéllos que ya han vivido más de lo que les queda por vivir).

Pero sólo hace falta leer a nuestro Juan Marsé (¿le darán hoy finalmente el más que merecido Premio Cervantes?) para darse cuenta de que no hace tanto que los niños se hacían adultos en las calles.

Acaba de publicarse por estos lares el libro autobiográfico Un pedigrí, del novelista francés Patrick Modiano, donde nos habla de sus primeros veinte años de vida.
Creador de un mundo propio que remite a los tiempos de la Ocupación de Francia durante la Segunda Guerra Mundial y el colaboracionismo francés, uno lee su infancia y juventud como Los cuatrocientos golpes de Truffaut limpios de toda ternura.

Modiano inicia su breve libro con estas palabras:

Nací el 30 de julio de 1945, en Boulogne-Billancourt, y en el 11 del paseo Marguerite, de un judío y una flamenca que se conocieron en París durante la Ocupación.
Escribo judío sin saber qué sentido tenía en realidad esa apelación para mi padre y porque, por entonces, constaba en los carnets de identidad.
Las temporadas de grandes turbulencias traen consigo frecuentemente encuentros aventurados, de tal forma que nunca me he sentido hijo legítimo y, menos aún, heredero de nada.


El ambiente que describe Modiano nos remite a ese maravilloso cine francés de los años treinta.
Ese ambiente canalla francés (aunque quieran pasar por los encumbrados especialistas en el amor y el refinamiento), que no tiene nada que envidiar al inglés o al alemán.
Con toda seguridad la historia del siglo XX ha estado marcada por el enfrentamiento franco-germano y los que mejor han salido parados han sido los franceses.
Pero cuando uno escarba en los interiores de la burguesía francesa como hace Modiano, la familia Soprano es un pálido reflejo de los gánsteres franceses de los años treinta y cuarenta.

Está claro que los ingenuos y románticos alemanes nada tenían que hacer con los fríos y metódicos franceses, a pesar de que un yankee escriba en francés la interminable historia de un sádico asesino homosexual de las SS.

Modiano tuvo una infancia de estilo dickensiano, pero en el París de la posguerra (no tan sórdida como la española), y sin duda alguna pudo llevarse algo más a la boca.
Sin embargo, y a pesar de que su padre se desentendió de él de muy joven, su madre era una actriz que gustaba del buen vivir y el medio en el que le toco vivir fue de lo más reacio, no requirió los servicios de un psicoanalista ni se quejó amargamente frente a la sociedad de su desdichado sino, como muchos jóvenes hacen hoy para justificar su estupidez.

Modiano se dedicó a escribir, y no para ganar dinero o fama, sino para conjurar sus demonios personales.

Un personaje de ficción afirma en un momento dado en una novela contemporánea:

“Nuestros tiempos se han hecho ñoños, melindrosos, en verdad mojigatos.
Nadie quiere ver nada de lo que hay que ver, ni se atreve a mirar, todavía menos a lanzar o arriesgar una apuesta, a precaverse, a prever, a juzgar, no digamos a prejuzgar, que es ofensa capital.
Nadie osa ya decirse o reconocerse que ve lo que ve, lo que a menudo está ahí, quizá callado o quizá muy lacónico, pero manifiesto.
Nadie quiere saber; y a saber de antemano, bueno, a eso se le tiene horror, horror biográfico y horror moral.”

Es el estilo del mundo que nos ha tocado vivir, en el que la gente pusilánime detesta el conocimiento, también los escritores.
Y los niños, el futuro de nuestra sociedad, maman esta premisa desde que ven la luz.

Modiano escarba con su bisturí en su pasado y se salva :

Aquella noche me sentí ligero por primera vez en la vida.
La amenaza que pesaba sobre mí todos aquellos años y me obligaba a estar continuamente en guardia se había disuelto en el aire de París.
Había zarpado antes de que se derrumbara el pontón podrido.
Por poco.


Maximilian von Czernowitz

1 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

estoy de acuerdo, sobretodo con lo de Auster. Estoy convencido que vende libros sólo por su jeta. Su literatura es profundamente snob (sine nobilitate) insufrible, superficial y roma. Es pura fachada. No emociona, ni pervierte la razón. En fin, que me cansa en exceso ese consenso respecto a Auster. No obstante tiene un libro recomendable: Creí que mi padre era Dios. Un recopilatorio de historias curiosas recogidas de un programa de radio. Auster se limitó a compilarlas y, creo, a dar forma a alguna.
Mis más cordiales saludos,

5:55 p. m.  

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