jueves, octubre 04, 2007

La pulga



De un tiempo acá en el mundo de fútbol se han puesto de moda dos tipos de jugadores (hablo de actitudes, no de juego), que a mi parecer pervierten la figura primigenia (e ingenua) del futbolista.

Me explico: por un parte tenemos el jugador macarra, achulado y con apariencia andrógina (lleno de tatuajes y todo tipo de abalorios para sujetar su melena), que parece que quiera demostrar a toda costa que ha asumido con toda naturalidad el glamur que le ha conferido el dinero que ha ganado a espuertas (véase Beckham y seguidores como Sergio Ramos).

Por otra parte tenemos el jugador socialmente comprometido, con inquietudes políticas, que aboga por la concordia y el diálogo, de aspecto alternativo (esos tejanos rotos mileuristas), que a la menor oportunidad recomienda una lectura, para que el mundo vea que el deporte no está reñido con la cultura (creo que aquí fue Guardiola uno de sus artífices, Oleguer sería la versión más basta y Thuram la más cosmopolita o globalizada).

De esta forma nos comunican que ellos son futbolistas, pero no palurdos, y que destacan de entre la masa de jugadores analfabestias.

Debe ser síntoma de los tiempos que nos han tocado vivir.

La gente ya no asume responsabilidad alguna y no acepta la realidad (eternos adolescentes), por lo que siempre está uno fuera de su tiesto.

Uno recuerda con nostalgia esos emigrantes analfabetos que llevaban treinta años fuera de su pueblo y hablando parecía que citaban a Lorca, que antes de que llegara el etiquetaje bio ya se alimentaban mejor que cualquier macrobiótico de nueva hornada y que en sus juicios eran casi siempre ecuánimes.

Su descendencia ya ha adoptado las formas aparentes (véase a nuestro Excelentísimo Presidente de la Generalitat catalana, que no habla catalán en la intimidad, pero que no se atreve a pronunciar un solo vocablo de su lengua materna en el Parlament, a no ser que se le escape, claro está).

La gente no acepta con naturalidad su paso por el mundo y eso también afecta a los futbolistas.

Así que uno añora a esos jugadores sencillos, sin ínfulas, que lo que tenían que decir lo decían en el terreno de juego, y después se iban a casa y no se atrevían a opinar sobre política, conflictos bélicos o filosofía.

Supongo que la figura de alguien como Kubala, aquel jugador de la minoría húngara de Eslovaquia, que se pegaba unas farras de órdago, pero no por eso no se dejaba la piel en el campo, ya son pretéritas, por políticamente incorrectas.

A Maradona se le fue la mano con las drogas y Cruyff tuvo que dejar el tabaco por los chupa-chups, pero al menos uno quisiera ver la sencillez en el trato (que desde siempre han unido a alguien de abolengo con un campesino) en los jugadores jóvenes, esos que han crecido en la calle y que siguen siendo iguales jugando en el patio de su casa que frente a cien mil espectadores.

Uno no es de un equipo por bandera, patria o simpatía, sino por familia.

Normalmente suele ser el padre o el tío que inocula el virus futbolero en su prole.

Mi señor padre es un culé indomable, de los antiguos, que como la vieja Anka de Claudio Magris, se contradicen cada dos por tres en la defensa de sus colores.
De pequeño mi señor padre ponía la radio los domingos para sintonizar los partidos del Barça y alguna que otra final mítica en blanco y negro (los Mundiales los seguíamos por nuestra cuenta, pues a él lo que le importaba y le importa es el Barça).

Así que sin quererlo (como a ese mexicano ilustre que le regalaron un llavero del Barça y desde entonces es hincha de este equipo) uno se hace de un equipo sin quererlo y, a pesar de todo lo que pueda representar y los presidentes-fantoche que tenga que aguantar, ya no puedo abandonarlo.

Por eso mismo, y gracias a que Dios es redondo, en ocasiones muy contadas, y siguiendo la estela de los Di Stefano, Kubala, Puskas, Pelé, Cruyff y Maradona, uno asiste como a un milagro de la Virgen de los Desamparados a la aparición de esa clase de jugador, que como un personaje de Juan Marsé, ha crecido en la calle y su fútbol lo demuestra.

Leo Messi, denominado La Pulga por su corta estatura, nació un 24 de junio de 1987 en Santa Fé, Argentina.

A los trece años dejó los estudios y cruzó el charco para fichar por el FC Barcelona, que le ofrecía continuar su formación como futbolista en La Masía y costearle un tratamiento para paliar los problemas de crecimiento que sufría.

Con dieciséis años debutó en el primer equipo del FC Barcelona y, desde entonces, su progresión ha sido imparable.

Con veinte años ha conseguido incluso eclipsar a un astro mundial como Ronaldinho.

Es tímido y no le gusta atender a los medios, pero cuando sale a la cancha se desmelena y nos hace disfrutar con su juego vibrante y descarado.

Le dan patadas por todas partes y hasta los defensas más bregados (los italianos) no pueden con él (lo llaman Il diavolo).

Dicen por allí que con el tiempo este jugador fanático de la play-station se estropeará, que la fama y el dinero le girarán la cabeza. Puede ser.

De momento disfruten ustedes del fútbol que atesora en sus pies.

Y cuando acabe el partido y no queden ya cervezas léanse (si están más o menos sobrios) una de las Historias del calcio de Enric González.

Por un día, habrán hecho algo que valga la pena.

Maximilian von Czernowitz

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