viernes, octubre 19, 2007

Buenos días, tristeza



El local estaba infestado de gente.
De tipos boceras y de mujeres chabacanas.
Ella, toda una señora de las que ya no quedan, esbozó una sonrisa, se disculpó y se dirigió al tocador dejando tras de sí una agradable fragancia a jacaranda.
Algunos paletos se giraron a su paso exclamándose por su distinción y su vestido de cóctel para ellos a todas luces fuera de lugar.
Su marido dio una última calada a su cigarrillo, apuró su copa de Chablis y con una inclinación de cabeza se despidió de la compañía.
La partida de tan cortés pareja dejó la mesa huérfana de alborozo y animada conversación.

Hace un par de días se fue, con la discreción de la que siempre hizo gala, una de las mejores actrices de todos los tiempos, Miss Deborah Kerr.

Algo se muere en el alma cuando coge el portante algún intérprete de los viejos tiempos.
Resulta bastante doloroso ser testigo del deceso de aquellos que nos acampañaron en nuestros tan necesarios refugios de ficción (a menudo mucho más placenteros que la realidad pura y dura).

En el desconsuelo también intervienen factores personales.

He tenido el honor y la suerte de poder mantener cierto intercambio epistolar con su esposo, Peter Viertel, a quien (aprovechando los más de treinta años que hacía que el matrimonio residía en Marbella) perseguí infructuosamente para que ambos me concedieran una extensa entrevista.

Nacido en el Dresden de entreguerras (gracias a Dios antes de que llegarán los fanáticos de la acampada), hijo de Salka y Berthold Viertel, afamado escritor (en nuestro país únicamente se han publicado tres de sus obras), pupilo y compadre de Heminghway, guionista de los mejores directores (Huston, Litvak, Hitchcock, Henry King), ex-marine, imán de amistades peligrosas (Huston de nuevo, Welles, Bogart, Dominguín, Ava Gardner, David Niven), dueño de una exquisita educación centroeuropea, viajero incansable, deportista impenitente, aficionado a la fiesta nacional e introductor de la práctica del surf en el continente; contestó siempre a mis cartas (ya es muchísimo que tuviera la deferencia de responder) con asombrosa modestia y caballerosidad.

Sirva esta semblanza que Viertel escribió en 1996 para la revista ciematográfica Nickel Odeon como sentido homenaje a tan excepcional actriz.

Os presento a Deborah

De todas las buenas cualidades, la más misteriosa, la más admirable y la más sorprendente, sin duda, es el talento.
La belleza, la inteligencia, el valor, la adaptabilidad y el optimismo se los atribuimos a los genes e incluso al entorno humano.
Pero el talento nos resulta inexplicable.
Un niño tiene sentido musical pero sus padres son incapaces de entonar una canción.
Un niño puede hacer mímica, dibujar o cantar.
Sus hermanos y hermanas destacan en otras cosas, pero carecen de cualquier don especial.
Por eso tendemos a admirar más al que tiene duende que al resto.
No es precisamente que lo queramos y mimemos, sino que le admiramos.

Sé muy bien de lo que hablo.
Deborah, mi mujer desde hace tres décadas y media, tiene un indiscutible talento; una habilidad innata para interpretar, en el escenario y en la pantalla, un ser humano que es completamente opuesto a ella misma, y hacer que su interpretación del personaje al que ha elegido dar vida sea tan profundamente creíble que al verla nos olvidemos de que es una actriz que actúa.
Y, lo que es más soprendente, posee esa cualidad desde adolescente.

Es tan convincente y magistral en sus primeros trabajos como en los que hizo más tarde en su carrera.
Porque Deborah no es del tipo de actriz que mejora con los años y aprende su oficio a medida que lo ejerce.
Si la vemos en una de sus primeras películas, El coronel Blimp,por ejemplo, uno se da cuenta de inmediato de que es tan hábil en su profesión en su primera juventud como la ha sido más tarde en su vida.

Un récord singular sólo igualado por Chaplin y Orson Welles, aunque ninguno de estos dos actores de enorme talento fue tan versátil en sus interpretaciones de personajes tan radicalmente diferentes.

Esta es otra faceta soprendente del trabajo de Deborah.
No me viene a la memoria ninguna otra actriz que haya interpretado tal variedad de personajes y los haya interpretado tan convincentemente como el tímido patito feo de Mesas separadas, la ultrajada y seductora mujer del capitán de De aquí a la eternidad, la compañera del pastor de ovejas de Tres vidas errantes, la monja de Sólo Dios lo sabe, el ama de casa viuda de The Assam Garden, por citar sólo algunos.

Hay una cualidad sobresaliente que se evidencia en todo su trabajo, una humanidad esencial, una grandeza de espíritu que se repite en todas sus interpretaciones, y la cámara no miente: su nobleza innata (si me perdonan lo que parece un halago desvergonzado), que le ha premiado con una multitud de fans muy fieles que le siguen mandando cientos de cartas al mes, incluso ahora, tras su retirada voluntaria desde hace años.

Un seguimiento de culto es el territorio de los definitivamente muertos, pero hay estrellas (si me permiten este término vulgar) que estando vivas mantienen un grupo fiel de admiradores.
Deborah es de éstas.

Lo más extraordinario de mi esposa es que en su vida privada es extremadamente tímida y retraída.
Recuerdo que, hace ya muchos veranos, Garbo vino a comer a nuestra casa de Klosters, en Suiza.
El otoño y el invierno anterior, Deborah había interpretado en Broadway Seascape, de Edward Albee, obra ganadora del Premio Pulitzer, y recordando la experiencia aquel día en Suiza, Greta le hizo una pregunta que llevaba hacía tiempo en su cabeza:
"¿Cómo lo logras?", preguntó.
"¿Cómo subes al escenario y actúas día tras día frente a todos esos extraños"?
"No soy yo quien está allí", contestó Deborah.
"Me olvido de mí, me convierto en la persona que estoy interpretando", dijo.
Garbo movió la cabeza sorprendida.
"Yo no podría hacerlo ni en un millón de años", dijo.

Deborah podría haber añadido que era una profesional, peo se abstuvo de hacer lo que hubiera parecido un comentario presuntuoso y levemente crítico de la gran actriz sueca, quien en la etapa final de su carrera no podía soportar ni que el equipo viese su interpretación y tenía el plató donde rodaba rodeado por biombos negros que protegían su intimidad.

Cuando trabajaba en el teatro, Deborah precisaba del público como un ingrediente necesario.
Tenía que influenciarle, sojuzgarle y controlarle.
Era un componente básico de su profesionalidad.
Durante las representaciones de las once obras que Deborah hizo en Londres y Nueva York, ni un solo día dejó de actuar, un récord que pocas actrices han igualado.

Admite que disfrutaba tanto actuando en vivo frente al público que, pese a que el esfuerzo de ocho representaciones semanales pasó un precio a su físico, no demasiado fuerte, acabó por decidirla a retirarse, a renunciar a la profesión que había elegido.

Tiene motivos para sentirse orgullosa de lo que ha conseguido.
Muchas noches, en nuestra pequeña casa de Marbella, sin una sola palabra de explicación, pide a su secretaria y amiga que inserte una cinta de sus películas en el video.
Luego, sin comentario, se ve a sí misma en cualquier película que quería volver a ver.

Entonces estoy seguro de que experimenta un sentimiento de satisfacción, una satisfacción que no implica nostaligia por el pasado.

Admite que fue muy afortunada durante los muchos años que trabajó.
Salvo una o dos excepciones, las películas en las que actuó resultaron buenas, y se suma a algunos de sus compañeros que dicen que aunque no les hubiesen pagado bien habrían estado encantados con su trabajo.

Marzo de 1996
Peter Viertel

1 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

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