miércoles, junio 27, 2007

El triunfo del patán


La coctelería Boadas abrió sus puertas en el año 33.
El establecimiento, situado en la esquina de la calle de Tallers con La Rambla, ha servido desde entonces como refrescante oasis y lugar de recogimiento de los más civilizados bebedores.

En verano del año 2005, los actuales propietarios, hartos de que se les colaran vándalos en pleno éxtasis lloretero que apenas cubrían sus vergüenzas, decidieron colocar un cartel en el que se especificaba la prohibición de acceso a la clientela masculina que gastara camiseta y pantaloncito corto.

Boadas vetó la entrada a personas mal vestidas, a petición de los clientes de toda la vida que se sentían molestos por la presencia de gente que, además de no ir ataviada con decoro, olía a perro muerto e incluso mostraba sus partes más recónditas cuando se sentaba en los taburetes.

Hace unos días, por orden expresa de nuestro excelentísimo Ayuntamiento, en concreto de la oficina de no discriminación dependiente de la concejalía de Mujer y Derechos Civiles, han tenido que retirar el rótulo.

Los encargados del establecimiento no salen de su asombro, pues no ven nada segregacionista o discriminatorio en la medida que se vieron obligados a tomar.
Hay entidades como el Círculo Ecuestre donde es preceptivo llevar corbata, discotecas que no aceptan calzado deportivo o restaurantes que exigen un nivel de circunspección.

El cartel (que muestra la silueta de un sujeto en camiseta sin mangas por encima de las rodillas) se refiere explícitamente a la vestimenta masculina.
Alegan que no se puede comparar un hombre sucio medio desnudo con una mujer elegante con escote, cuestión de sentido común.

Dueños, barmans y parroquianos creen que la petición de retirar el cartel surgió de una posible denuncia de un cateto que se personó en el local como si hubiera cruzado el Canal de la Mancha a nado.
Cuando los camareros le rogaron educadamente que abandonara el bar, el muy gaznápiro recurrió al insulto y a la violencia.
Con la ayuda de algunos asiduos, consiguieron echar a la calle al alborotador.

Mire usted, señor vikingo, esto no es un gueto playero en Punta Cana, este es un establecimiento respetable, aquí no hay bermudas floreadas, ni animadoras, ni se sirven Coco Locos con bengalas y sombrillitas.

En este santo lugar no puede lucir usted orgulloso su cicatriz de la operación de apendicitis, su tripón cervecero, sus tatuajes de cuando estuvo en el ejército y su braga náutica.

De ley hubiera sido llevarlo en volandas a la trastienda, raparlo al cero y despiojarlo con Zotal, frotarlo bien con un estropajo de aluminio y lejía y sacarlo discretamente por la puerta trasera tal como su señora madre lo trajo al mundo.

Cada vez es mayor la confusión en lo que respecta a hacer valer nuestros derechos.
La discriminación es intolerable si atañe al sexo, raza, religión o condición social. También en lo que no es privado y en lo que sí es fundamental.

Un transexual, o una, como prefieran, la verdad es que en estos tiempos es muy difícil atinar con el género sin herir susceptibilidades, denunció hará unos meses a un gimnasio porque, dada su condición, no le dejaban entrar en el vestuario femenino.

Por lo visto estaba en pleno proceso de reforma y lo anormal de su anatomía violentaba a la mayoría de las señoras.
Huelga decir que ganó el proceso.

La ganadora del certamen Miss Cantabria 2007, apoyada por asociaciones feministas y por el Instituto de la Mujer, impugnó las reglas del certamen tras perder su título por ser madre.
Las normas del concurso exigen a las aspirantes “no haber tenido descendencia”.
La muy majadera quiere que se retire esa cláusula por considerarla denigrante y sexista.
Recriminaciones absurdas, ya que un concurso de belleza siempre es machista y atenta contra la igualdad de oportunidades (las feas nunca ganan).

Hemos entrado en una dinámica en la que, saltándose toda regla (escrita o no escrita), todo individuo es libre de reivindicar (a grito pelado y respaldado por instituciones y organizaciones no gubernamentales) los propósitos más descabellados.
Cuanto más grosero y mostrenco a la hora de hacerse valedor de sus derechos, mejor.

Todo vale, vivo en un país libre, en plena democracia, y me ampara la legalidad.
Abajo las ordenanzas, las restricciones y los impedimentos.
Acabemos con las más elementales normas de urbanidad, son totalmente farisaicas y muy poco pragmáticas.

La libertad de uno empieza donde acaba la del otro.

La nueva aristocracia la componen sujetos intrépidos y dinámicos contrarios a toda pauta que no sea la suya.

Hoy en día, la desconsideración, la chabacanería, el menosprecio, la arrogancia, la egolatría y la incorrección son signo de distinción.

Alce usted la voz por encima de la de los demás, hágase oír e importune a todo al que tenga a tiro, sólo así se ganará el respeto y admiración de sus semejantes.

El triunfo del patán.

El principio del fin.

4 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

La protección de la libertad y los derechos civiles se han mal interpretado, y desde luego, ejecutado con pésima lógica por el gobierno, hasta tal punto que tal protección se ha convertido en restricción y la libertad en un prohibido continuado.
Desde luego, si fuera parroquiano de Boadas, me hubiera enzarzado con el alemán de turno hasta vestirlo con esmoquin.
Barcelona es ejemplo de ello, se ha convertido en la ciudad más ridícula y tontorrona del mundo.

8:51 a. m.  
Anonymous Anónimo ha dicho...

Eso sí, la hucha en los taburetes del Boadas, arf, arf!

( Y ) !!!!!!



Dani Débito

10:10 a. m.  
Anonymous Don Prenafeta ha dicho...

Estimado Don Débito,
Boadas no es Sandor.
¿Dónde irás cuando cierren La Oca?
Un cataclismo.
Ya nos cerraron Balmoral.
¿Dónde nos tomaremos los Chivas?
Asco de ciudad.

11:07 a. m.  
Anonymous Anónimo ha dicho...

Prenafeta, que le veo...

Las de esa puta zona alta son huchas de postular putas (las que postulan), viejas que huelen a semen rancio (de marca, ojo).

Yo hablo del principio del fín. Del cataclísmo de piel tersa. Del ahorro del hogar. De escandinavia viva.

Me piro.

Conservas, Dani?

4:17 p. m.  

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