jueves, junio 21, 2007

El nazi y el peluquero


Si Billy Wilder hubiera dado con la novela de Edgar Hilsenrath, El nazi y el peluquero (publicada en 1971), seguro que nos hubiera dejado otra película más para la posteridad: que un peluquero alemán, Max Schulz, con pinta de judío, pero más ario que el mismo Adolf, se convierta de genocida nazi en héroe sionista, como si ese cambio radical (o no tanto) no fuera con él, es algo que los mismos alemanes tardaron en asimilar un tiempo (prueba de ello es que la novela se publicó primero en EE.UU. y seis años más tarde en una pequeña editorial alemana de Colonia, después de ser considerada por más de sesenta editores).

Nuestro protagonista nació en 1907 en la ciudad alemana de Wieshalle, hijo de una criada en el hogar de un comerciante de pieles judío y de cinco posibles padres (todos de raza aria).
Max Schulz nació el mismo día (con tan sólo dos minutos de diferencia) que su amigo Itzig Finkelstein, un judío rubio de ojos azules.
Tanto el padrastro de Max como el padre de Itzig se dedicaban al honrado oficio de la peluquería, pero ahí acaban las comparaciones, porque mientras Max sufría todo tipo de abusos por parte de su padrastro, Itzig contaba con un padre bondadoso, que incluso acogió a Max como aprendiz.

Pero, con el auge del nazismo, Max se dejó seducir por el antisemitismo, decidió ingresar en las SS y acabó dirigiendo un campo de concentración.
Una vez terminada la guerra, ni corto ni perezoso, Max suplantará a Itzig y abrigará la militancia sionista en Israel…

En su ensayo El misterioso caso alemán, Rosa Sala Rose nos da las claves para (quizá) comprender los motivos por los que los alemanes cambiaron Weimar por Auschwitz, o lo que es lo mismo, escucharan y leyeran a los grandes clásicos por la noche después de haber cometido las más atroces barbaridades (lo que desmonta el ideal de nuestros políticos de pacotilla de que la cultura nos hace mejores) de día.

Tras Kant los alemanes siempre han mirado hacia el interior de su alma y hacia el firmamento (el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí, citaba mi abuelo austro-bohemio) y a través del patriotismo (al no tener una identidad clara debían definirse en oposición a lo francés), la idealización y el amor a lo inútil han intentado parodiar a los dioses, hasta que Bismarck aplicó el modelo prusiano a todos los estamentos de la sociedad y el austríaco del bigote convirtió el baile de los dioses en una farsa.

Como afirma la autora, desde que a finales del siglo XVIII el humor se asoció negativamente con lo aristocrático y afrancesado (una línea de alta tensión que va desde Cervantes, pasa por Sterne y llega hasta Gogol) la relación de los alemanes con el humor ha sido complicada.

Hasta 1942 (cuando la nave nazi empezó a naufragar) era más fácil reírse de Hitler en Alemania que fuera de ella (que se lo digan a Chaplin o a Lubitsch), pues el régimen consideraba el chiste político como un extraordinario instrumento de desactivación de toda voluntad de resistencia.

Después de la guerra todo alemán había trabajado en el metro y por ello no se había enterado de lo que pasaba en la superficie.

En Alemania se impuso entonces la ley no escrita de que cualquier lectura humorística del nazismo y del holocausto era moralmente ilícita.

Con esta estupenda novela Hilsenrath demuestra que el humor es un perfecto desactivador de minas.

A principios de año y a consecuencia del estreno en Alemania de la comedia Mein Führer del suizo Dani Levy, el autor comentaba:
Creo que en Alemania es posible reírse de Hitler, siempre y cuando no se le reste importancia a la barbarie nazi ni se le falte al respeto a las víctimas. Hitler era también una figura cómica, pero lo que hizo no es tan gracioso.

Recientemente el escritor vasco Fernando Aramburu hablaba en una entrevista sobre su libro Los peces de la amargura (que versa sobre las consecuencias de los años de plomo en los ciudadanos vascos):
El terror sólo se puede enterrar con toneladas de humor.

Edgar Hilsenrath nació en Leipzig en 1926.
En 1938 huyó con su madre y su hermano menor a Rumanía.
En 1941 la familia fue a parar a un gueto judío en Ucrania.
En 1945 emigró a Palestina y en 1951 a EE.UU., donde inició su carrera literaria.

En 1975 (con su novela ya publicada en varios países) decidió volver a Alemania y se instaló en Berlín, donde aún reside.

Tras unos inicios más que difíciles, El nazi y el peluquero se convirtió en todo un longseller en su país (hay traducción al español en la editorial Maeva).

Maximilian von Czernowitz

1 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Hola Ivo, han pasado 4 años desde que pusiste el blogg sobre este libro. Donde lo puedo conseguir en español (a parte de en amazon). Se lo quiero dar a un amigo que no lee el alemán. Me parece fascinante este libro tanto como todos los demás libros de Hilsenrath.
Un beso
jutta

11:11 p. m.  

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