miércoles, febrero 20, 2008

Abuelito, dime tú



Las personas de edad avanzada (detesto la palabra anciano) suelen despertar sentimientos encontrados.

Los abonados a la eterna juventud (vía escalpelo y colágeno) menosprecian todo lo relacionado con la senectud.
Su complejo de Peter Pan les impide ver que la vejez, además de achaques, aporta sabiduría (si uno todavía conserva la cabeza en su sitio), serenidad (si dispone de unos ahorrillos) y respetabilidad (si no se cae en manos de una pandilla de adolescentes decerebrados aficionados a la filmación).

Otros, por el contrario, insisten en tratar a todo aquel que haya superado con creces la barrera de los setenta años como si fuera un niño de teta.
A pesar del parecido razonable (alopecia, falta de piezas dentales, arrugas, funciones fisiológicas fuera de control), y de su aparente indefensión, a menudo olvidan que están tratando con una persona adulta.
Un individuo con los mismos anhelos, pulsiones, inquietudes e ilusiones que cualquier hijo de vecino.

No hay estampa más patética que ver a un pobre abuelo preso en un asilo, vejado, tratado como un párvulo, obligado a participar en estúpidos juegos colectivos, a tomarse un Cola Cao con galletas a media tarde (¿Y si prefiere una cerveza o un copazo y unos taquitos de jamón?) y a irse a la cama cuando se pone el sol.

En esta sociedad enferma que antepone la lozanía a cualquier otra cosa, el veterano detenta dos categorías: viejo despojo biodegradable o molesto churumbel achacoso.

Vivir tantos años para esto.

Las cuestiones de edad siempre me han parecido una estupidez.
Me conduzco igual (salvando las obligadas normas de cortesía) y dispenso el mismo trato a un octogenario que a un contemporáneo.
La conversación con ambos puede resultar igual de amena y enriquecedora.

Ayer el comandante Fidel anunció su retiro, noticia un tanto curiosa, pues ya hace tiempo que delegó funciones en su hermano Raúl.
La negra sombra de la revolución castrista todavía se cierne sobre la isla pavorosa.

Marchito y en chándal, seguirá torturando (gracias a la puntera sanidad cubana, le pregunten a Maradona, o a Llamazares) al personal con sus soporíferos artículos para el diario Granma ("No me despido de ustedes. Deseo sólo combatir como un soldado de las ideas. Seguiré escribiendo bajo el título 'Reflexiones del compañero Fidel' ").

Enternecedor.

No les engañe la senilidad.

Igual de conmovedores resultaban Pinochet en su sillita de ruedas, el longevo Videla bajo arresto domiciliario o un decrépito Rudolf Hess como único convicto de la prisión de Spandau.

El hijo de puta tiene fecha de caducidad (como todo en esta vida), pero no edad de jubilación.
Seguirá haciéndole la vida imposible al prójimo hasta el último aliento.
Todo sea para saciar su inagotable sed de supremacía, complacencia y egolatría (todo dictador nace de un profundo complejo de inferioridad).

Tarde o temprano a todo cerdo le llega su San Martín.
Es la hora del cubano.

Dulce agonía, sólo que sea similar a la que sufrió en carnes nuestro "entrañable" Generalísimo (a veces hay justicia divina), me doy por satisfecho.

¡Salud, camarada!

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