viernes, febrero 01, 2008

Un gaditano en la Metro



William Clark Gable
(1 de febrero de 1901 -
16 de noviembre de 1960)


Más gaditano que el cazón en adobo (nacido en Cadiz, Ohio), hijo de un severo y adusto emigrante alemán (de ahí su maravillosa maravillosa parquedad interpretativa ¿Cuándo decidirán apostar por la sobriedad en el ademán los "niñatos" de hoy en día?), Clark Gable ingresó en las filas de la Metro (más estrellas que en el cielo, Ars Gratia Artis) a principios de la década de los treinta.

Tras años ejerciendo de extra en películas mudas y de actor aficionado (vocación que compaginaba con los trabajos más diversos), fue descubierto en un pequeño teatro neoyorquino por el gran Lionel Barrymore, quien lo primero que hizo cuando regresó a Los Angeles fue hablarle del intérprete a Irving Thalberg, enfant terrible del estudio cinematográfico.
Su respuesta fue tajante tras la prueba:
¡Pero mira que orejas de murciélago tiene!
El capo de la fábrica de sueños, el despótico Louis B. Mayer, vaticinó con gran acierto que el tipo de manos y pies de mono, enormes sopilllos y dientes picados no llegaría a ninguna parte, pese a todo, contra viento y marea, el de Cádiz fue contratado.

Después de unas sesiones de maquillaje y de chapa y pintura (borraron todo atisbo de su poblado unicejo y le hicieron una piñata nueva) le asignaron pequeños papeles.
Gracias a su magnética presencia, su naturalidad y su voz (de esas que no se olvidan), la popularidad de Gable subió como la espuma.
Su irrupción, y la de sus contemporáneos (Tracy, Bogart, Cagney, Cooper), supuso el fin del ampuloso y un tanto afeminado galán de pelo planchado, embutido en un frac y cubierto de polvos de arroz (de los que el respetable empezaba a estar un tanto harto).

Sólo en el año 31 participó en doce películas, ganándose a pulso (mucho antes que Elvis) el sobrenombre del Rey.
La fórmula de éxito era sencilla, no tenía más que interpretarse a si mismo (el público viene a verme a mí, no a un actor); el calavera, el aventurero, el buscavidas de corazón noble que (en la mayoría de los casos) acaba redimiéndose.

Le asignaron los mejores directores en plantilla y lo emparejaron con las actrices más rutilantes de la época (Joan Crawford, Jean Harlow, Myrna Loy, Loretta Young).
A lo largo del decenio protagonizó un taquillazo tras otro (Amor en venta, Tierra de pasión, Sucedió una noche, El enemigo público nº 1, Mares de China, La llamada de la selva, Rebelión a bordo, San Francisco, Saratoga, Piloto de pruebas).

En el cénit de su gloria (por aquel entonces estaba metido en la piel del Rhett Butler de Lo que el viento se llevó), y tras varios desafortunados enlaces e interminables noches de parranda, decidió sentar la cabeza y contrajo matrimonio con la exquisita Carole Lombard.




La felicidad se truncó cuando la mujer de su vida falleció en un accidente de aviación mientras promocionaba bonos de guerra.

El astro, destrozado, y entre brumas alcohólicas (la niebla no se disiparía hasta su muerte), se alistó en las fuerzas aéreas.
Paradojas del destino, pasó la contienda a bordo de un bombardero que sobrevolaba Alemania (la población civil y sus ancestros germanos estarán eternamente agradecidos a que cada vez que pilotoba iba trompa perdido, ni un solo proyectil dio en el blanco).

Tras su triunfal regreso, luciendo uniforme, aunque visiblemente tocado por la pérdida de su esposa (de la que nunca se repuso), los estragos de la guerra y su desmedida afición a la botella, siguió dedicándose a su oficio con la misma diligencia y profesionalidad.

A pesar de sus fantasmas internos y de que a los operadores cada vez les costaba más disimular sus temblores provocados por su dependencia a las dexedrinas (que tomaba para adelgazar) y su rostro abotargado por el bourbon, amén de los tipos que empezaron a despuntar en la posguerra (Robert Mitchum, Gregory Peck, Kirk Douglas, Burt Lancaster), Gable mantuvo su corona.

A lo largo de los cuarenta y los cincuenta siguió en la cumbre, aunque la calidad de sus películas dejaba bastante que desear (salvo honrosas excepciones como Más allá del Missouri, Mogambo, Cita en Honk Kong, Los implacables y Un rey para cuatro reinas).

Su último papel fue en la maravillosa Vidas rebeldes del indómito John Huston.

Cuenta la leyenda que el intérprete sufrió un fatal infarto por culpa del excesivo esfuerzo que le conllevó rodar algunas secuencias en las que tenía que atrapar unos caballos salvajes a lazo.
Nada más lejos de la realidad, poco tuvieron que ver los potros (de todos es sabido que a todo hijo de vecino lo doblan en este tipo de escenas).

A pesar de las advertencias de los médicos para que abandonara sus hábitos, se limitó a reducir a botella de whisky, dos paquetes de cigarrillos con filtro y diez habanos cubanos diarios (titánico esfuerzo de moderación).
A eso súmenle un rodaje acompañado por los megalómanos Marilyn Monroe y Montgomery Clift en estado de gracia (hasta las cejas de licor, barbitúricos, antidepresivos, neuras, filias y fobias).

Actor de la vieja escuela (obediente y solícito en el plató), siempre cortés con el equipo, fanático de la higiene y atildado en el vestir, le superaron los constantes retrasos de sus compañeros de reparto, sus ataques de histeria, sus caprichos de diva, su dejadez y grosería.
Normal que su corazón dijera basta.

Fue enterrado (por expreso deseo) junto a su amada Carole Lombard.



Tal día como hoy, concretamente en 1894, también abrió su ojo parcheado John Martin Feeney (el maestro John Ford).
Pero eso es otra historia que merece mención aparte.
Cuando los hechos se convierten en leyenda, imprima la leyenda.

2 comentarios:

Blogger El canibalibro ha dicho...

Siempre nos gusta pasarnos por aquí. Es que es usted un dandy de los que ya no quedan, amigo. ¿No le parece que Gainsbourg, (adorado por nosotros) podría pasar por estas flexiones y reflexiones?
O a lo mejor no es de su agrado...

Un saludo de EL Canibalibro.

8:23 a. m.  
Blogger titiritero ha dicho...

¡¡Viva el rey!!

salu2 reales pollo

1:13 p. m.  

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